Crean escuela de niños 'voladores'

Un grupo de niños de 10 a 12 años desciende de un poste a 20 metros de altura, durante la danza de los Voladores, en Papantla, Veracruz.
Foto: Julián Hernández

REFORMA.COM Julián Hernández

Papantla, Veracruz (19 abril 2009).- Héctor Daniel García y Juan Carlos Morales, de 11 y 12 años de edad, respectivamente, comparten el mismo sueño: volar por los aires.
A pesar de que pueden 'jugar' a otra cosa y tienen acceso a videojuegos y a muchas maravillas tecnológicas, nada les atrae tanto como el poste volador, de hasta 20 metros de altura, desde el cual se arrojan de cabeza atados a la cintura con una sola cuerda.
Ambos se inscribieron en la primera escuela para niños indígenas en la danza totonaca del volador, ubicada en el Parque Temático Takilhsukut, en Papantla, Veracruz.
La mayoría de los 70 alumnos de esta escuela, auspiciada por el gobierno estatal, iniciaron a los 6 y 8 años, y provienen de los poblados Plan de Hidalgo, El Tajín, San Lorenzo, Arroyos del Arco y Oxital.
Cuando los pequeños adquieren el valor necesario pasan al grupo de 11 y 12 años, pero a pesar de su destreza, ninguno volará sin tener de 10 a 15 años de preparación.
Sólo los que muestran arrojo y dominio de sí mismos se convertirán en exponentes de la danza de los voladores, porque la menor distracción puede ser mortal.
"Nunca me he caído ni golpeado. No es difícil. Cuando estoy arriba pienso que soy un pájaro y los pájaros vuelan, por eso no me caigo", relata el pequeño Daniel.
Para este niño totonaca, más que una habilidad adquirida, ser volador es una herencia familiar que han cubierto ya tres generaciones.
"Mi abuelo también era volador, y mi papá también. Tengo un hermano y una hermana", dice.
Al menor Juan Carlos Morales la danza de los voladores le ha transformado la vida por completo.
"De chiquito me daba mucho miedo la oscuridad, quedarme solo, lloraba por todo. Entré a la escuela y ya no siento nada. Como que soy más fuerte", afirma.
Según Cruz Ramírez, director de la escuela y miembro del Consejo Supremo Totonaca, la danza de los Voladores de Papantla es un ritual ofrecido a los Dioses.
En la ceremonia original, los hombres primero talaban un árbol alto y le quitaban todas sus ramas. Después, en el hoyo cavado para colocar el mástil, ofrendaban una gallina negra y cuatro rollos de flores, ya que ese sacrificio protegía a los voladores.
Cinco hombres forman parte del ritual. En la cima del tronco, los cuatro voladores se aposentan sobre un bastidor de madera, mientras el quinto, llamado caporal, se sitúa en el centro del poste para dirigir las plegarias al Fuego, como sacerdote del culto.
Cuando el caporal hace sonar su flauta y su tambor, los voladores hacen un saludo a los cuatro puntos cardinales y comienzan el descenso con un movimiento giratorio, boca abajo, con los brazos extendidos, convertidos en pájaros y a 30 metros del suelo.
Dentro del ritual, explica, se encuentran otros dos grupos de danza: los Guaguas, de cuatro elementos, que montan un carrusel giratorio de poca altura, y los Negritos, que conforman una banda de música y baile en tierra.
¡Carajo! ¡Ser volador de Papantla debe ser lo más chingón del mundo!. Cuando este servidor era niño, (más niño de lo que soy ahora), mi abuela me llevaba al museo de Antropología muy seguido, casi cada fin de semana, y me encantaba pasar las horas mirando a los voladores de Papapantla. Con la curiosidad que abruma a todo niño de cualquier edad, no perdía detalle de cómo se preparaban y ascendían a las alturas de ese poste enorme para después de algunos actos reverenciales, envueltos en la mística del sonido hipnótico de un tambor y la melodía ancestral de una flauta, comenzaban a volar en círculos por encima del admirado público entre el cual yo mantenía mis ojos redondos como platos fijos en esos hombres voladores, verdaderos superhéroes de la vida real. Pensaba que quizá algún día podría ser yo uno de ellos, aprender a volar como lo hacen las aves y desafiar las leyes naturales... ser libre como un pájaro. En mis sueños guajiros, soñaba que era un volador de Papantla y volando iba a todos lados, a la escuela, a casa de mis amigos... podía esconderme en un árbol y espiar por la ventana de su cuarto a la niña que me gustaba. Miraba la ciudad desde las alturas y escapaba de ella para ir a recorrer el mundo.
Sí eso sería muy lindo pero era sólo un sueño... aunque ahora gracias a la escuela de voladores de Papantla, se podría hacer realidad.
A pesar de que pueden 'jugar' a otra cosa y tienen acceso a videojuegos y a muchas maravillas tecnológicas, nada les atrae tanto como el poste volador, de hasta 20 metros de altura, desde el cual se arrojan de cabeza atados a la cintura con una sola cuerda.
Ambos se inscribieron en la primera escuela para niños indígenas en la danza totonaca del volador, ubicada en el Parque Temático Takilhsukut, en Papantla, Veracruz.
La mayoría de los 70 alumnos de esta escuela, auspiciada por el gobierno estatal, iniciaron a los 6 y 8 años, y provienen de los poblados Plan de Hidalgo, El Tajín, San Lorenzo, Arroyos del Arco y Oxital.
Cuando los pequeños adquieren el valor necesario pasan al grupo de 11 y 12 años, pero a pesar de su destreza, ninguno volará sin tener de 10 a 15 años de preparación.
Sólo los que muestran arrojo y dominio de sí mismos se convertirán en exponentes de la danza de los voladores, porque la menor distracción puede ser mortal.
"Nunca me he caído ni golpeado. No es difícil. Cuando estoy arriba pienso que soy un pájaro y los pájaros vuelan, por eso no me caigo", relata el pequeño Daniel.
Para este niño totonaca, más que una habilidad adquirida, ser volador es una herencia familiar que han cubierto ya tres generaciones.
"Mi abuelo también era volador, y mi papá también. Tengo un hermano y una hermana", dice.
Al menor Juan Carlos Morales la danza de los voladores le ha transformado la vida por completo.
"De chiquito me daba mucho miedo la oscuridad, quedarme solo, lloraba por todo. Entré a la escuela y ya no siento nada. Como que soy más fuerte", afirma.
Según Cruz Ramírez, director de la escuela y miembro del Consejo Supremo Totonaca, la danza de los Voladores de Papantla es un ritual ofrecido a los Dioses.
En la ceremonia original, los hombres primero talaban un árbol alto y le quitaban todas sus ramas. Después, en el hoyo cavado para colocar el mástil, ofrendaban una gallina negra y cuatro rollos de flores, ya que ese sacrificio protegía a los voladores.
Cinco hombres forman parte del ritual. En la cima del tronco, los cuatro voladores se aposentan sobre un bastidor de madera, mientras el quinto, llamado caporal, se sitúa en el centro del poste para dirigir las plegarias al Fuego, como sacerdote del culto.
Cuando el caporal hace sonar su flauta y su tambor, los voladores hacen un saludo a los cuatro puntos cardinales y comienzan el descenso con un movimiento giratorio, boca abajo, con los brazos extendidos, convertidos en pájaros y a 30 metros del suelo.
Dentro del ritual, explica, se encuentran otros dos grupos de danza: los Guaguas, de cuatro elementos, que montan un carrusel giratorio de poca altura, y los Negritos, que conforman una banda de música y baile en tierra.
SACATRIPAS COMENTA:
¡Carajo! ¡Ser volador de Papantla debe ser lo más chingón del mundo!. Cuando este servidor era niño, (más niño de lo que soy ahora), mi abuela me llevaba al museo de Antropología muy seguido, casi cada fin de semana, y me encantaba pasar las horas mirando a los voladores de Papapantla. Con la curiosidad que abruma a todo niño de cualquier edad, no perdía detalle de cómo se preparaban y ascendían a las alturas de ese poste enorme para después de algunos actos reverenciales, envueltos en la mística del sonido hipnótico de un tambor y la melodía ancestral de una flauta, comenzaban a volar en círculos por encima del admirado público entre el cual yo mantenía mis ojos redondos como platos fijos en esos hombres voladores, verdaderos superhéroes de la vida real. Pensaba que quizá algún día podría ser yo uno de ellos, aprender a volar como lo hacen las aves y desafiar las leyes naturales... ser libre como un pájaro. En mis sueños guajiros, soñaba que era un volador de Papantla y volando iba a todos lados, a la escuela, a casa de mis amigos... podía esconderme en un árbol y espiar por la ventana de su cuarto a la niña que me gustaba. Miraba la ciudad desde las alturas y escapaba de ella para ir a recorrer el mundo.
Sí eso sería muy lindo pero era sólo un sueño... aunque ahora gracias a la escuela de voladores de Papantla, se podría hacer realidad.